Nunca imaginé que encontraría tanta afinidad con la historia de Coetzee. Sudáfrica y Guatemala están a miles de kilómetros de distancia. IBM y P&G son dos empresas gigantezcas. Él inició como ayudante de bibliotecario y yo vivo en una Biblioteca mental. No pertenece a Sudáfrica y tampoco a Guatemala.
Vivió su juventud en búsqueda del momento ideal para dedicarse a escribir. Y no es necesario decir que me ha pasado lo mismo.
Este libro necesito leerlo de nuevo. Lo leí en el vuelo de Luftansa, asiento 3A con destino a Frankfurt. Tomé vacaciones durante algunas semanas y regresé a juventud mientras estuve sentado en la Plaza Europa en la ciudad de Moscú, lo abrí en Ullensvag mientras miraba un gigantezco fiordo y lo abrí ayer en el silencio de una madrugada con lluvia.
“Es delgado y ágil, pero al mismo tiempo es flácido. Le gustaría ser atractivo, pero sabe que no lo es. Le falta algo esencial, algún rasgo bien definido. Sigue teniendo un aire de niño. ¿Cuánto tiempo va a tardar en dejar de ser un niño? ¿Qué le va a curar de la niñez y lo va a convertir en hombre?
Lo que le curaría, si llegara, sería el amor. Puede que no crea en Dios, pero sí cree en el amor y en los poderes del amor. La amada, la señalada por el destino, será capaz de ver de inmediato más allá de su exterior extraño e incluso insulso y percibir el fuego que arde en su interior. Mientras tanto, tener un aspecto insulso o extraño es parte de un purgatorio que tiene que pasar a fin de salir algún día a la luz: la luz del amor y la luz del arte.
Porque será artista, eso ya hace tiempo que está decidido. Si de momento tiene que ser desconocido y ridículo, se debe a que el destino del artista es sufrir el anonimato y el ridículo hasta el día en que se revelen sus verdaderos poderes y quienes se burlan y se mofan de él tengan que callarse.” Coetzee, J.M. “Juventud”. DeBolsillo. 2006, España. p11-12
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1 Agosto, 2008 a las 11:41 am
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