Y tenías 19 años. Tan sólo dos más que yo y no sabías qué hacer con tu vida. Pensabas trabajar sin parar y como un enfermo y sin darte cuenta a los 50 años llegarías a ocupar el mismo puesto que tuviste en tu juventud. Pero llegué yo.
Compartimos un año de nuestras vidas juntos y luego de abrir las puertas de tu mundo a nuevas oportunidades te abandoné. Me contaron que este año terminas de estudiar y muero de ganas de verte. Sí, tú eras mayor. Pero siempre estuve yo jugando al papel de padre dominante.
Pero, ¿qué recuerdo de nuestro año?
Recuerdo los dos viajes que hicimos al Cementerio General a conocer un poco de historia. Recuerdo los almuerzos que preparaban en tu casa los días domingo y los mariscos que comíamos. No olvido tampoco los besos que nos dimos en el garage de mi casa y como nos escondíamos detrás de una cortina en tu casa. Te veo siempre que paso en mi auto por El Trébol y nunca te encuentro. En realidad, no recuerdo nada más.
Creo que te ví hace casi 3 años y me derrumbé como esas viejas catedrales católicas cayeron en terremotos. Nunca pude confirmar que hayas sido tú.
Sabés, no recuerdo haber conocido a nadie como vos después de ese año que estuvimos juntos.
Sí, estoy seguro que ahora eres feliz y yo no puedo decir lo mismo de mí. En serio, no quiero volverte a ver nunca más.
Archivado bajo: Politically Incorrect | Etiquetado: cuento, historia corta, Literatura























