Antes de salir de la biblioteca tomé unos instantes para revisar las revistas en silencio. Una de ellas me llamó la atención porque leí un nombre conocido en la portada. El ensayo era una reseña de la vida del célebre economista Milton Friedman. Lo “ojee” y me llamó la atención que tenía 5 páginas a doble columna haciendo una reseña de la vida del economista. Le seguían 3 páginas de notas del autor y luego una lista exageradamente larga de fuentes bibliográficas que había utilizado.
Pero, ¿cómo es posible que se necesiten un listado bibliográfico de más de 40 referencias para hablar de la vida de un difunto en tan sólo 5 páginas?
¿En qué momento los ensayos académicos dejan de ser obras del autor sino reproducciones vomitivas de fuentes consultadas? ¿Desde cuándo la excelencia de un ensayo académico se reconoce por las fuentes consultadas y no por la habilidad del autor?
El autor es uno de los hombres que más admiración y curiosidad me provocan. Su postura y andar caracterizan al ideal que construí de un académico. Pero hoy no me pareció nada más que una verborrea bibliográfica. No leí la reseña, no necesito leer a alguien escribiendo sobre la vida de un economista cuando ni siquiera él pudo escribir el ensayo con sus propias palabras.
Aún lo estimo. Pero como me ha ocurrido con muchos otros académicos me trastornó ver este ensayo.
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