Hoy por la mañana, temprano mientras salía de casa, una larga fila de pequeñas personas se perfilaba en las aceras de la carretera. Vi trajes indígenas por toda la calle y me preocupé en que bloquearían el paso impidiendo que mi madre saliera a trabajar. La llamé y le dije que tuviera precaución porque una turba de gente seguramente estaba esperando el grito de batalla para salir a la calle. Llegué al trabajo y ellos quedaron en el olvido.
Regreso ahora a casa listo para descansar y abrí el periódico por unos instantes. Aprendí quiénes eran estos pequeños y pequeñas que estaban sentados en silencio y acá les va una triste y hermosa historia de Miguel Angel Albizures que me explicó muchas, muchísimas, cosas.
El CUC en la Historia
Bajaron de los cerros y plantearon sus peticiones
En 1977 y 1978, estando en la dirección de la Central Nacional de Trabajadores (CNT) y del Comité Nacional de Unidad Sindical (CNUS), empecé a escuchar que una ardilla andaba de aldea en aldea por diferentes municipios del departamento de Chimaltenango y Quiché, en donde reunía a los cenzontles, tepescuintles, gatos de monte, búhos y a una serie de pájaros que animaban el ambiente con sus cantos de esperanza. Esta ardilla sentada en un borde o a la par de quienes le hacían rueda, les explicaba sus derechos y les decía que era necesario que todos tuvieran la cabeza clara, un corazón grande y solidario y que siendo un puño, tendrían que ser más combativos para lograr la conquista de sus derechos.
Claridad para entender el porqué de la situación del campesinado, que la pobreza no era la voluntad de Dios, porque Él no era injusto, que el trabajo en las costas era infrahumano y no podía permitirse ese tipo de explotación que atentaba contra su dignidad. La tierra, les decía, y los bienes que de ella extraemos es para quien la trabaja, pero todo está en otras manos. Hace 30 años esta ardilla empezó a exigir lo que exige hoy, y lo que anhelaban los campesinos de hace ya muchas décadas; su derecho a la tierra, al trabajo y al salario justo y digno. Los grupos de ardillas se fueron multiplicando en diferentes regiones del país e insistiendo en que había que tener un corazón solidario en el que cupieran todos los explotados, que la lucha no podía ser solo por sus derechos sino por todos los que sufrieran injusticia y mal trato de los “ricachones”.
El primero de mayo hará 30 años que bajaron de los cerros y salieron con sus peticiones estampadas en petates y las letras grandes de CUC (ardilla en varios idiomas mayas) reivindicando en las calles los derechos de quienes solo conocían de agarraderas para el cuartel, de galeras infrahumanas, de muerte en los cañaverales, cafetales y algodoneras. Por ello, seis semanas después de la masacre en la Embajada de España, más de 80 mil campesinos indígenas estaban en las carreteras y fincas de la costa sur, graníticamente unidos, exigiendo justicia y haciendo pedazos el mito oligárquico del indio haragán y postrado que logró, con su lucha, un salario mínimo de Q3.80.
Después, la represión los sacó de lo público, se refugiaron en los bosques, pero ahora en 2008, cuando toman la carretera, sus reivindicaciones son las mismas.
Por: Miguel Ángel Albizures (link al artículo en elPeriódico)
Curioso, yo hace 30 años no había nacido. Desde hace 30 años estas ardillas (buenas y malas) están luchando y pensando que algún día recibirán una respuesta (cualesquiera respuesta que busquen). Hace 30 años ni siquiera había pensado en conocerlos, escucharlos o verlos. ¿Será acaso que mis sobrinos e hijos pensarán lo mismo dentro de unos cuantos lustros?
Yo sí creo que todos deben tener los mismos derechos. No importa si son ricos o pobres, indios o mestizos, ardillas o gavilanes. Todos al final son padres y madres con hijos e historias que contar.
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