No hay progreso, no hay revolución de las épocas en las vicisitudes del saber, sino, a lo sumo, permamente y sublime recapitulación. La historia humana marcha con movimiento incontenible desde la creación, a través de la redención, hacia el retorno de Cristo triunfante, que aparecerá rodeado de un nimbo, para juzgar a vivos y muertos. (…) Todo lo demás que se ha dicho fue proferido por los profetas, los evangelistas, los padres y los doctores para iluminar esas dos sentencias. Y a veces algún comentario pertinente se encuentra incluso en los paganos, que no las conocían, y cuyas palabras han sido retomadas por la tradición cristiana. Pero aparte de eso no hay nada más que decir. Sí, en cambio, que meditar una y otra vez, que glosar, que conservar. Ésta, y no otra, era y debería ser la misión de nuestra abadía, de su espléndida biblioteca.
Eco, Umberto. El nombre de la Rosa. Quinto día, completas.
Y es cierto, yo aspiro a ser un pagano. Aspiro a que en algún momento caigan las murallas que defienden las bibliotecas protectoras del saber. Que estas notas lleguen a muchos otros y que permitan enseñarnos que nada está determinado hacia un eterno retorno. Somos más que seres vivos, pues las mentes pensantes aún quedan vivas. Somos más que protectores, sino dadores del saber y maestros de los que vienen detrás de nosotros. Somos el cambio, artífices genuinos.
Claro, hay muchos doctores, profetas y evangelistas que intentarán imponer su yugo protector sobre nuestras mentes. Pero así como las abadías no pudieron derrotarnos no lo harán las masas, los simples, las escuelas o los gobernantes. No lo hará el poder ni el dinero. Haremos uso de ellos para demostrar que los paganos y extranjeros somos protectores del mañana.
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