Desde hace algunos días estoy revisando la “Historia de la Guerra del Peloponeso” que escribió Tucídides. Sin embargo, la obra que no es en sí una narración histórica sino una narración de eventos que acontecieron durante la guerra. Y como un buen historicista (como me llamó una historiadora en clases hace un tiempo) empecé a elaborar ideas sobre su aplicación en la actual invasión contra Iraq.
La razón por la que Atenas, la ciudad-estado, fue llevada a la guerra se debió a su poder. Al poder que poseía como una de las ciudades-estado más poderosas del Mediterráneo. Un poder que garantizó a los ciudadanos atenienses la tangible oportunidad de la victoria. Fue una guerra, que iniciada por el temor espartano, los llevó a combatir por más de 20 años y 7 de tregua.
Los ciudadanos, conscientes de la oportunidad de la victoria, creían y reconocían que la virtud dirigía a sus tiranos hacia la victoria. Sin embargo, cuando la derrota en la batalla o una falta a la polis (ciudad-estado) eran cometidas; los mismos ciudadanos estarían dispuestos a entregar a uno de sus líderes o a su mismo ejército a cambio de la victoria de Atenas, y la victoria de la virtud.
La polis y sus ciudadanos estaban unidos bajo el grito de batalla de la victoria por el honor, por el miedo a la derrota y por el beneficio económico que conllevaría la dominación del Mediterráneo.
Ahora, a pesar de que sería impertinente buscar similitud en ambas historias si es posible estudiar las ideas que llevaron a ambas naciones a la guerra. Ambas entraron a la guerra en busca de solidificar su poder y ensalzar el honor en que fehacientemente creían sus ciudadanos. La invasión de Iraq fue enarbolada como una obligación estadounidense de reclamar se respetase el honor y victoria como el imperio moderno a cambio de la destrucción de sus enemigos.
Sin embargo, las ideas bajo las cuales la invasión a Iraq fue apoyada por los ciudadanos estadounidenses y sus aliados, España e Inglaterra, no se restringieron a un reclamo de defender el honor de sus naciones y la búsqueda del beneficio económico por las razones y tácticas virtuosas.
La invasión a Iraq fue apoyada por un tercer componente. El miedo que se ofreció a los ciudadanos si no se tomaban acciones militares. El miedo a las armas de destrucción masiva y a la aparente amenaza que representaba el gobierno de Sadam Hussein. Los hechos comprobaron que la información respecto al potencial militar iraquí era infundada y más peligroso aún: sus líderes engañaron a los ciudadanos.
La invasión a Iraq es un fracaso militar y además un fracaso interno debido a que los ciudadanos, al igual que ocurrió en la ciudad-estado ateniense, no estaban dispuestos a aceptar la derrota táctica y estratégica en la invasión.
Primero, las pruebas salieron a luz y la fallida estrategia militar aliada no había siquiera asegurado el control del territorio ocupado. Los medios de comunicación enviaban imágenes alarmantes de la destrucción de pueblos y ciudades, la oposición internacional a la invasión era creciente. Y sin embargo, los estrategas militares a cargo de la invasión no habían logrado detener a los insurgentes que se entremezclaban con los civiles. La invasión a Iraq no era una guerra comparable con nada similar en la historia (como ocurre con todas las batallas e invasiones).
Sin embargo, las ideas que movilizan el apoyo ciudadano que busca el honor y el beneficio de la victoria son constantes. Estados Unidos y sus aliados no legitimaron las razones para ir a la guerra. Los Estados Unidos y sus aliados llevaron a cabo la movilización militar y la victoria no fue alcanzada mucho más pronto de que el desgaste político de la guerra se hiciera predominante.
Atenas, fue derrotada pero sus ciudadanos y las ciudades-estado vecinas quedaron sometidas a la victoria de Esparta que movilizada por el miedo se encargo de someter a aquellos que decía defender en la batalla. Es claro ya que Estados Unidos solamente podría ganar la guerra si destruye completamente el territorio iraquí y lleva a cabo asesinatos a diestra y siniestra pues los insurgentes se encuentran intestinos entre los civiles. Último que sería imposible realizar en ausencia del apoyo internacional pues aún son recientes y populares las imágenes de la destrucción de ciudades y pueblos durante la Segunda Guerra Mundial que plagan de romanticismo películas e historias de sobrevivientes de la guerra.
Entonces, ¿es necesaria la retirada estadounidense del territorio iraquí? Sí lo es, pues el desgaste político y económico que representa mantener controlado un territorio hostil y anárquico no es sostenible. Tampoco, es sostenible sugerir que Estados Unidos deba reconstruir Iraq cuando en ningún momento fue el ganador de la victoria. Los vestigios de esta guerra quedarán guardados en la historia como un pequeño fracaso militar que será utilizado para estudiar en las próximas décadas las formas para eliminar insurgentes dispersos en las poblaciones civiles que están fuertemente armados y organizados bajo un estricto fundamentalismo ideológico. Iraq deberá ser muy pronto un estado de sitio en el cual, una vez retiradas las tropas invasoras, se establecerá un gobierno cuasi-anárquico producto de la destrucción causada por los insurgentes al esconderse en los hogares de quienes aparentemente decían defender.
En esta guerra nadie saldrá ganador. Los ganadores serán aquellos que sobrevivan la invasión y puedan reencontrar a sus familias. La guerra es así, muchos mueren y se reconfigura la historia demostrando una vez más que la única justificación para iniciar el combate es cuando se busca el honor y la certeza de la victoria. Simplemente, la guerra no es justificable bajo ningún medio más allá de defender los ideales por los cuales se pelea: la virtud, la paz y la libertad.
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Hola! Tu blog es super interesante. En España estamos siempre en la lucha política y en el destripar al contrincante, y nunca nos damos el tiempo necesario para reflexionar en profundidad.
Creo que no tenemos vocación de hombres libres, sino de vulgares siervos.
Allí, en Sudamérica, siento que las cosas son diferentes. Hay muchos que responden a la descripción de J. Quincy Adams, pero también encuentro un indómito deseo de libertad.
Los más preclaros pensadores del liberalismo en español provienen de allí.
El descubrimiento ha sido un placer. Me pasaré a menudo.